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  • javijpalo

PEDRITO´S LIFE


Pedro -pedrito, como le llamaba su abuela- siempre tuvo una vida complicada, llena de obstáculos, y sobre todo rara. Su vida, desde que nació, fue muy rara. Tan rara como una funcionaria haciendo horas extra. Hasta los 15 años estuvo viviendo de ciudad en ciudad, porque sus padres tenían la manía de mudarse a la capital donde estadísticamente los precios eran más baratos. Que la ciudad más barata era Teruel, a Teruel. Que cambiaba a Murcia, pues a Murcia… Este continuo trajín hizo que Pedro, harto ya de viajar y de no tener amigos, planteara a sus padres quedarse a vivir en una misma ciudad. Dio la casualidad que cuando lo dijo estaban en Cuenca, y allí se quedaron.

Cuenca le afectó para mal. Fue cumplir los 18 años y empezar a toser. Estuvo así 13 años seguidos; tose que te tose como si se hubiera atragantado con su propia saliva. No acabó nunca una frase entera sin una tos a mitad. Molesto para algunos y alucinante para otros, Pedro vivía entre dolores de cabeza y falta de sueño –su propia tos le despertaba- hasta que se acostumbró. Aprendió a conciliar el habla con la tos y a pesar de la dificultad se licenció en agrónomos. De ahí, aburrido de no hacer nada ni en el campo ni en la ciudad encantada, se metió a bombero. Siempre le llamaban para incendios pequeños, ya que con dos o tres toses los controlaba.

Pero llegó un día en que la tos, igual que vino, se fue. Cuando esto pasó ya se había casado con una mujer que llevaba 11 años estornudando. La boda fue, además de un escándalo, interminable. La casa se quedó coja de ruidos, ya que la tos que solía seguir al estornudo se esfumó. Ella –que se llamaba Emilia Parda Bazón- temió ser abandonada por Pedro, pero este no lo hizo. No sólo no dejó la relación sino que la afianzó teniendo dos hijos. Un primogénito llamado Juan que nació con 24 dedos y una bella niña que nació con barba. A ésta le llamaron Juan también. Con el tiempo, y aconsejado por un amigo común, se lo cambiaron por Bárbara. A ella le afeitaron rápido pero en el caso de Juan eligieron mantenerle los 24 dedos y apuntarle a taquigrafía, a piano y a electrónica del automóvil. El éxito que tuvo este chico con las mujeres fue absoluto.

Cuando parecía que su vida se estancaba en algo normal, llegó la mala noticia de la muerte de su padre. Su madre ya lo había hecho años atrás debido a una mala digestión. Don Santiago –que así se llamaba el padre- era juez y muy serio con lo suyo. Con lo de los demás no, pero con lo suyo… no había quien le tosiera. Por eso le molestaba tanto que durante unos años su hijo Pedro fuera a verle al juzgado. Don Santiago se auto-sentenció a cadena perpetua porque falló en un veredicto. Que se equivocó, vamos… La mala suerte se cebó con él, ya que nada más entrar a su celda, un infarto –el típico infarto inoportuno- se le llevó para siempre.

Después de eso, vino lo peor. Su mujer dejó de estornudar y a Pedro se le vino el mundo encima. Su vida carecía de sentido y decidió cambiarla por completo. Se operó las dos rodillas para ponerse un buen par de rótulas y dejó el cuerpo de bomberos. Se dedicó por completo a la escritura de cuentos y relatos breves. Escribía como podía, porque le salió un callo en la mano, amén de una infección de orina. Esto para escribir no influía pero molestaba una barbaridad. Se presentó a todos los certámenes de Cuenca. No ganó ni uno. Pero la suerte va por rachas y la buena llamó por fin a la puerta de Pedro. Cansado de escribir literatura, se presentó al III concurso de sinopsis de largometrajes “las casas colgadas”, y su talento se vio reconocido.

El día de la entrega de premios, Pedro leyó delante de las –por lo menos y sin exagerar- 40 personas que acudieron al centro cultural la sinopsis que le había llevado a la gloria:

“Albacete 1552. Una horrenda joven es asesinada por ella misma enganchándose el pelo con el aspa de un molino. Calva y desesperada, vuelve del más allá para recriminarle a su marido todas sus infidelidades. Sólo Don Quijote podrá ayudar al hombre a espantar a su mujer, pero una fuerte historia de amor surge entre el marido y Don Quijote, siendo ambos apedreados por escándalo público”.

La gente se levantó y rompió a aplaudir como nunca antes lo habían hecho en Cuenca. Las lágrimas de Pedro, que caían a chorro de emoción, encharcaron el suelo. Fue por esto, que al dar un paso, pisó sobre mojado resbalando y cayendo de espaldas abriéndose la cabeza sin querer. Qué muerte más rara. Como su vida.


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