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  • javijpalo

LA CONDUCTORA

Luisa era una chica tímida que vivía en Madrid. Lo hacía como una persona más, sin llamar la atención. No destacaba en nada en particular a pesar de tener muchas habilidades que nunca sacaba a relucir. Le gustaba la vida tranquila pero no podía estar más de dos días sin pasear por la gran vía. Poseía ese extraño estado de odio-dependencia de los madrileños con su propia ciudad. Llevaba gafas por culpa de un astigmatismo severo y el pelo liso. Morena y voluptuosamente bella. Se dedicaba a dar clases de inglés y la mayor parte de su tiempo libre lo dedicaba a leer libros antiguos.

Tenía un novio y un compañero de piso. El novio empezó siendo lo segundo pero acabó fusionándose con lo primero. Ya se sabe: el roce hace el amor y después todo se lía… Se llamaba Gerardo. Ingeniero y amante de la naturaleza muerta; le encantaba pintar bodegones. Eran felices. Vivían juntos, compartían todo: casa, muebles, cama, risas, coche. Aunque esto último, un Citroen C4 blanco, era casi uso exclusivo de Gerardo. Luisa no era muy dicha en eso de conducir. Desde que se sacó el carnet de conducir –de eso hacía ya años- apenas había cogido el coche. Y las pocas veces que se ponía frente al volante, no disfrutaba, sufría. No es que le diera pánico conducir, simplemente pereza derivada por esa inseguridad que le producía algo de miedo.

Un día, uno de estos días que no te esperas que ya nada más vaya a pasar salvo irte a dormir, Gerardo, mientras fregaba a mano los platos de la cena, un vaso se partió y le cortó un dedo de la mano derecha. Sangre, sangre y sangre… Después de cortar la hemorragia como pudieron, Gerardo notó que aquello no iba bien, le dolía y el tajo que le había hecho el cristal casi hacía colgar el dedo. Había que ir al hospital ya.

La cara de Luisa fue el reflejo de dos miedos: el del dolor de Gerardo y el de la obligación de tener que conducir. Poco tuvo que decir Gerardo para convencerla de que ella, y sólo ella, podía llevarle al hospital; con enseñar el dedo bastaba. Luisa se armó de valor, suspiró dos docenas de veces y cogió las llaves del Citroen.

El ruido del motor no le tranquilizó nada, al revés. Le multiplicó la tensión. Gerardo estuvo todo el trayecto tranquilizándole a ella en vez de recibir él las palabras de ánimo. El trayecto transcurrió sin problemas y llegaron al hospital sin mucha demora. Entraron a urgencias y cuando la enfermera se llevó a Gerardo para dentro, Luisa respiró hondo por fin, sabiéndose responsable de que Gerardo llegara a salvo. No mucho rato después, salió con el dedo cosido en grapas y retornaron a casa. La conducción de vuelta fue un poco más tranquila, pero para Luisa, la profesión iba por dentro. No se relajó del todo hasta que se tumbaron en la cama para dormir.

Los siguientes días transcurrieron con Luisa al frente de la conducción familiar. Gerardo, incapacitado para hacerlo, cedió todo el protagonismo a Luisa, que, poco a poco, le iba perdiendo el miedo al coche. Ya no se eternizaba en las glorietas y pasaba de 40 km/h por ciudad. Incluso hubo un día que se atrevió a poner la radio. Siempre iba con Gerardo al lado, que al principio le prohibía hablar para no descentrarse pero que ya le daba coba como si estuvieran en casa. Él vio un cambio en su actitud al volante y le felicitó por sus avances. Luisa estaba pletórica.

Poco tiempo después, el dedo de Gerardo se restableció y ya podía moverlo como antes. Y como antes, volvió a conducir. Las tornas volvieron al origen: Gerardo conducía y Luisa no. Pero algo había cambiado en ella. Ya no le daba totalmente igual no conducir, ya no tenía ese temor a hacerlo. Ahora sabía que podía conducir como la mejor. “Ahora que le había pillado el truco” se decía. A Gerardo tampoco se le ocurrió preguntarle si quería conducir, daba por hecho que no. Era un hombre de costumbres.

Una tarde en la que Gerardo jugaba al futbol con sus amigos, uno de esos partidos de “mayorzotes” entre gente sin forma física y flipados del deporte rey, en una entrada al borde del área, se torció un tobillo. Él mismo llamó a Luisa por teléfono para que fuera a buscarle al campo. Luisa se asustó un poco por la lesión, pero una vez que entró al coche para ir hasta el polideportivo revivió las sensaciones agradables de conducir. Feliz fue a por Gerardo, feliz le llevó a casa y feliz estuvo los días que su novio estuvo cojo. Esa semana Luisa volvió a reinar en el Citroen. Cuando tenía que coger el coche ya no sentía la necesidad de que Gerardo le acompañara, ahora se sentía tan segura que cuando mejor estaba era cuando iba sola en el coche. Aprendió a ir más deprisa, más segura, a girar mejor. Cantaba a viva voz escuchando música a todo volumen y usaba el claxon como cualquier otro. Incluso insultaba con estilo. Pero todo eso se volvió a terminar cuando Gerardo se curó el esguince. Gerardo se volvió a adueñar del coche y su conducción. Sin preguntar.

Luisa, algo molesta con esa situación, se lo hizo saber a Gerardo, pero este no le tomó en serio. Siguió conduciendo él porque se sentía el responsable de ello. Creía que conducía mejor y que lo más acertado era que cuando tuvieran que coger el coche los dos, él fuera el conductor.

Pero eso a Luisa no le valía. Ella quería conducir y sólo pudo hacerlo libremente cuando él estuvo enfermo. Con ese pensamiento se fue a dormir. Por la mañana, después de una noche de batalla entre su cabeza y la almohada, supo lo que tenía que hacer si quería conducir. En el desayuno, mientras Gerardo bebía su café mañanero, Luisa cogió el cuchillo de untar la mermelada y fingiendo no haberse dado cuenta, se lo clavó en la mano. “Creí que era una rebanada de pan de molde” le decía ella pidiéndole perdón, mientras Gerardo gritaba aturdido. Este incidente le permitió poder coger el coche casi un mes. Cuando Gerardo se restableció, volvió a erigirse como líder del Citroen, pero para evitarlo ya estaba Luisa. Le preparó un potingue en forma de sopa que le dejó el estómago hecho puré. Consecuencia: una semana de coche para ella sola.

Y así pasaban los días. La felicidad de Luisa cuando estaba sentada al volante no era comparable con nada. Le encantaba conducir, todo lo contrario que hacía apenas unos meses. Había pasado de aborrecerlo a amarlo. Tanto, que no le importaba pisarle el menisco a Gerardo “sin querer” o rociarle un ojo de insecticida “sin darse cuenta”. Cuando no lo solucionaba con algo físico, le echaba una pastilla para dormir. Y claro, adormilado no es aconsejable conducir…

El interior del coche estaba decorado totalmente al estilo de Luisa. Peluches detrás, un atrapasueños en el retrovisor, el ambientador de limón, los cds a su gusto. De Gerardo no quedaba nada, salvo una uña que se quedó entre la puerta y el asiento cuando Luisa se la arrancó para “regenerarla”.

El tiempo pasaba y la felicidad de Luisa era directamente proporcional al deterioro físico de Gerardo. Algo no iba bien en la relación, intuía él. Habían cambiado muchas cosas, y no sólo lo pensaba por el poco pelo que ya le quedaba. Empezó a atar cabos y examinar todas las cosas que habían sucedido y en qué circunstancias. Una cosa le llevó a la otra y así hasta que certificó su sospecha.



Fue cenando en casa una noche de sábado cuando se lo dijo. No se lo comentó como una suposición o un pensamiento, sino como una verdad. Le había pillado. Sabía que aquella plancha no le había quemado una mano por error, ni las chinchetas que se comió no estaban dentro del filete de lenguado por culpa de las cosas que tiran al mar. Luisa se defendió alegando que él no sabía bien distinguir la realidad de la ficción por culpa de las pastillas que se tomaba para calmarle la tensión, pero que no se preocupara, que todo era pasajero. Pero no lo fue. Y la cosa fue a más. A mucho más. Cuanto más se reafirmaba Gerardo en su teoría, más pastillas y más golpes se llevaba. Mientras tanto, Luisa disfrutaba de la conducción. Dejó su trabajo para hacerse taxista y así poder trabajar de lo que le gustaba. Cuando ya el tiempo que pasaba dentro del coche era superior al que estaba en casa, Gerardo era ya un despojo. Al tiempo, se largó a un pequeño pueblo de Ciudad Real. Fue en autobús, claro, porque el coche hacía tiempo que ya no significaba nada para él.

Luisa, encaminada ya en una nueva vida, dejó el mundo del taxi por el de la competición. Le parecía poco ya el estrés de las calles de Madrid y decidió entrar a formar parte de un equipo de fórmula tres mil. Pasó las pruebas de acceso sin problemas, pero los obstáculos llegaron después. Era la tercera piloto. Lo único que hacía era probar los coches antes de los entrenamientos. Pero lejos de achicarse ante la adversidad, sonreía, recordando que las cosas, con tesón y algo de mala leche, se terminan consiguiendo.


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